Huir es dedicar
tiempo
y esfuerzo
a cosas que no tienen ninguna importancia,
quedándote
sin tiempo
y sin fuerzas,
para enfrentarte a las cosas importantes.
Y así cada día te acuestas pensando que has hecho algo, o que has hecho muchas cosas, pero en realidad no has hecho nada valioso con tu día, con tu vida.
La huida es la opción más fácil. Tenemos tantas cosas a nuestro alcance cuyo único propósito es distraernos de nosotros mismos y de los demás, que si quitásemos todas esas pequeñas huidas que llevamos a cabo en el día a día, cada día sería un abismo espeluznante. Por eso, entre otras cosas, da miedo dejar de huir: por la sensación de vacío que queda cuando dejas de distraerte y te enfocas en lo que verdaderamente te da la vida o te la quita. La huida llena el vacío con más vacío. Pero nos disfraza esa sensación de estar ante el precipicio y a veces nos conformamos con ello.
La huida es la opción menos incierta. Es otra fantasía más sobre la que sostener que tenemos algo de control sobre lo que sucede. Porque cuando fallamos en aquellas cosas que nos sirven para huir, el error es inocuo, nos da igual. La huida nos permite seguir cometiendo errores -como venimos haciendo desde que existimos- pero como se cometen en un juego, donde nada importa realmente. Así, como ilusionistas de la vida, hacemos que los errores no tengan importancia, pero la verdad que se esconde tras esto, es que no tienen importancia ni los errores ni lo que hacemos cada día. La huida nos ayuda a manejar nuestra inseguridad, a ocultarnos de la realidad, a correr un tupido velo sobre nuestro mundo, para que nadie pueda hacerle daño. Para que nuestro mundo ni exista: la huida nos separa de la vida.
La huida es una opción socialmente aceptada, incluso laureada. Quizá porque la mayoría de las veces gastamos dinero en huir, y eso al propio sistema le encanta. Quizá porque el individualismo, la sociedad líquida, y las nuevas corrientes sociales confluyen en un modelo de huida casi perfecto, en el que podemos convertir la vida en una huida y no darnos ni cuenta, e incluso pensar que hacemos lo correcto y que seremos más felices ante esta postura vital. La huida tiene mejor prensa que la propia vida. Enfrentarse a la Verdad es de pretenciosos intensitos, mientras que hacer un llamativo viaje y dedicar un buen rato de su tiempo a crear un video exorbitado sobre él, te llena de halagos y de flores. La huida es bella, la vida es fea tantas veces…
La huida es un mal endémico, y ante problemas importantes es un monstruo enorme, pero que, en lugar de dar miedo, te devora con su irresistible atracción. Y ante monstruos que dan miedo, y monstruos que te arrullan y te abrazan con todos sus brazos para bloquearte, solemos acercarnos al segundo. Es fácil dejarse vencer por la huida y pensar que nos protege , cuando en realidad nos desactiva, nos desapunta de la vida, nos engulle y nos rapta, nos quita el tiempo y la fuerza, y nos deja igual de vacíos que siempre, pero sin recursos para salir del paso. La huida es un monstruo que se hace pasar por tu amigo, pero que se alimenta de tu vida y no te deja ni un trozo para ti. Y en momentos en los que tu propia vida se te atraganta, no parece mala idea dársela al monstruo y que se indigeste él con ella. Pero él no se come sólo lo malo, te deja sin nada. La huida es avariciosa y te termina poseyendo.
.
Dejar de huir es dedicar
tiempo
y esfuerzo
a las cosas que verdaderamente importan
¿Qué cosas verdaderamente importan?
Con esta pregunta podemos empezar a deshacer la huida,
y dedicar
tiempo
y esfuerzo
a Afrontar.
Al final con las cosas importantes nos pasa como nos pasaba de niños con los trabajos del colegio. Los dejamos para el último día. Y si no nos ponen fecha para entregarlos quizá no hagamos nunca el trabajo.
En la vida la fecha límite de entrega no existe, o dicho de otra forma, es siempre hoy. Mañana siempre es más tarde de la cuenta y pasado mañana es, casi con total certeza, nunca.
(«posponer es, casi siempre, apuntarlo para nunca«)
La procrastinación es el estandarte de la huida.
Sea lo que sea, o lo afrontas, o huyes.
Afrontar es el único remedio para que, sea lo que sea, deje de ser.
Así que sea como sea: A afrontar.