Dejarse alcanzar

Foto de Jeremy Lapak

Quizá deberías dejar de correr a todos lados.
Hasta parado estás corriendo.
Sin moverte, sofocado,
es cuando más rápido estás yendo.

Alguien debería pararte.
Tú, para ser precisos.

Revolotean cerca muchas cosas bonitas
de las que deberiamos ser conscientes,
y en vez de eso nos obcecamos
en alcanzar esas otras cosas carentes,
que no llegamos a encontrar en la corriente,
que se esfumaron alguna vez de nuestras manos,
que sencillamente no existen o no logramos
ubicar en ningún lugar ni momento presente.

Corremos con una prisa angustiada
en busca de algo que nos persigue,
y no caemos en la cuenta
de tenerlo justo a la espalda.

Lo tienes al alcance, está ahí, a la vuelta de la esquina.
¿Porque nos lanzamos a la aventura, en busca de un tesoro, ignoto,
sin escudo ni espada,
dejando un cofre repleto en casa,
precioso,
sin peligro ni trampa?


Quizá esas cosas bonitas que no ves de un vistazo
son de algún modo pequeñas:
porque son asumibles,
pero difíciles de ver si no te paras a observar.
Por eso a veces nos resultan tan difíciles de encontrar,
mientras revolotean sin prisa ni cesar,
invisibles,
a nuestro amparo.
Porque las cosas buenas te persiguen,
pero vas corriendo a todos lados.

Llenar y seguir llenando

Al principio de la vida todo es llenar y llenar. Comenzamos chiquititos, casi insignificantes, pero con unas ganas apabullantes de devorar todo lo que nos rodea. Y lo hacemos. Y nos vamos haciendo cada vez más grandes, conteniendo cada vez más almas, más motivos, más esperanzas, más proyectos, más ambiciones, más conexiones. Y agrandamos nuestra existencia.

Después la vida va dando golpes. Y va quitándonos cosas. Con suerte al principio cosas insgnificantes, casi inapreciables. Pero pasan los años, las ausencias son cada vez más grandes y van faltando dentro cada vez más almas, más motivos, más esperanzas, más proyectos, más ambiciones, más conexiones. Y atesoramos un vacío cada vez más grande.

Y no dejamos de ser grandes. Dejamos de tener ocupado un espacio que existió para algo,  que ahora existe para nada. Es la sensación de vacío lo que ahoga. Cuanto más tuviste, más vacío te sientes. Cuanto más conseguiste agrandar tu ser, más vacío lo sientes.

Nos quedará, al menos, y es bastante, la certeza de que el hueco es la señal de la grandeza de lo que fuiste; la fantasía de que, en un mundo sin tiempo, ni pasados ni presentes, lo que tuviste es lo que tienes, lo que fuiste lo que eres, lo que te hizo grande, eterno en lo más hondo de tu pecho.

Nos quedará, con suerte, la esperanza de llenar poco a poco ese vacío. Si no con algo tan grande como lo que hubo, sí al menos con otras cosas más pequeñas que sumen un bastante, poquito a poco.

Nos quedará, espero, llenar pequeños momentos con lo que la vida va ofreciendo, que siempre es más de lo que vemos y de lo que podemos asimilar. Nos quedará la esperanza y el deseo de ser capaces de abrirnos a aquello que cabe en nosotros y a lo que tenemos la capacidad de dar un cálido cobijo.

Nos quedan, y es una suerte, aún espacios ocupados. Eso dentro de ti que nunca se fue. Eso que aún permanece, y que debes abrigar hasta que se marche, por si se marcha, porque aún no se ha marchado. Quedas tú y todo lo que atesoras, y no sólo es bastante, es demasiado.

Nos quedará, en cualquier caso, después de todo ello, un vacío inmenso, sí, pero dispuesto para contener aún almas, motivos, esperanzas, proyectos, ambiciones, conexiones, con los que llenar nuestra existencia. Siendo tan insignificantes como siempre, pero abiertos a dejar de serlo algún día.

Al final, la vida es eso, llenar, y seguir llenando. Sentirte chiquitito, insignificante. Y sentirlo un poco menos al llenar, y al seguir llenando.

La huida

Foto de Rayson Tan

Huir es dedicar
tiempo
y esfuerzo
a cosas que no tienen ninguna importancia,

quedándote
sin tiempo
y sin fuerzas,
para enfrentarte a las cosas importantes.

Y así cada día te acuestas pensando que has hecho algo, o que has hecho muchas cosas, pero en realidad no has hecho nada valioso con tu día, con tu vida.

La huida es la opción más fácil. Tenemos tantas cosas a nuestro alcance cuyo único propósito es distraernos de nosotros mismos y de los demás, que si quitásemos todas esas pequeñas huidas que llevamos a cabo en el día a día, cada día sería un abismo espeluznante. Por eso, entre otras cosas, da miedo dejar de huir: por la sensación de vacío que queda cuando dejas de distraerte y te enfocas en lo que verdaderamente te da la vida o te la quita. La huida llena el vacío con más vacío. Pero nos disfraza esa sensación de estar ante el precipicio y a veces nos conformamos con ello.

La huida es la opción menos incierta. Es otra fantasía más sobre la que sostener que tenemos algo de control sobre lo que sucede. Porque cuando fallamos en aquellas cosas que nos sirven para huir, el error es inocuo, nos da igual. La huida nos permite seguir cometiendo errores -como venimos haciendo desde que existimos- pero como se cometen en un juego, donde nada importa realmente. Así, como ilusionistas de la vida, hacemos que los errores no tengan importancia, pero la verdad que se esconde tras esto, es que no tienen importancia ni los errores ni lo que hacemos cada día. La huida nos ayuda a manejar nuestra inseguridad, a ocultarnos de la realidad, a correr un tupido velo sobre nuestro mundo, para que nadie pueda hacerle daño. Para que nuestro mundo ni exista: la huida nos separa de la vida.

La huida es una opción socialmente aceptada, incluso laureada. Quizá porque la mayoría de las veces gastamos dinero en huir, y eso al propio sistema le encanta. Quizá porque el individualismo, la sociedad líquida, y las nuevas corrientes sociales confluyen en un modelo de huida casi perfecto, en el que podemos convertir la vida en una huida y no darnos ni cuenta, e incluso pensar que hacemos lo correcto y que seremos más felices ante esta postura vital. La huida tiene mejor prensa que la propia vida. Enfrentarse a la Verdad es de pretenciosos intensitos, mientras que hacer un llamativo viaje y dedicar un buen rato de su tiempo a crear un video exorbitado sobre él, te llena de halagos y de flores. La huida es bella, la vida es fea tantas veces…

La huida es un mal endémico, y ante problemas importantes es un monstruo enorme, pero que, en lugar de dar miedo, te devora con su irresistible atracción. Y ante monstruos que dan miedo, y monstruos que te arrullan y te abrazan con todos sus brazos para bloquearte, solemos acercarnos al segundo. Es fácil dejarse vencer por la huida y pensar que nos protege , cuando en realidad nos desactiva, nos desapunta de la vida, nos engulle y nos rapta, nos quita el tiempo y la fuerza, y nos deja igual de vacíos que siempre, pero sin recursos para salir del paso. La huida es un monstruo que se hace pasar por tu amigo, pero que se alimenta de tu vida y no te deja ni un trozo para ti. Y en momentos en los que tu propia vida se te atraganta, no parece mala idea dársela al monstruo y que se indigeste él con ella. Pero él no se come sólo lo malo, te deja sin nada. La huida es avariciosa y te termina poseyendo.

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Dejar de huir es dedicar
tiempo
y esfuerzo
a las cosas que verdaderamente importan

¿Qué cosas verdaderamente importan?
Con esta pregunta podemos empezar a deshacer la huida,
y dedicar
tiempo
y esfuerzo
a Afrontar.

Al final con las cosas importantes nos pasa como nos pasaba de niños con los trabajos del colegio. Los dejamos para el último día. Y si no nos ponen fecha para entregarlos quizá no hagamos nunca el trabajo.

En la vida la fecha límite de entrega no existe, o dicho de otra forma, es siempre hoy. Mañana siempre es más tarde de la cuenta y pasado mañana es, casi con total certeza, nunca.
posponer es, casi siempre, apuntarlo para nunca«)

La procrastinación es el estandarte de la huida.

Sea lo que sea, o lo afrontas, o huyes.
Afrontar es el único remedio para que, sea lo que sea, deje de ser.
Así que sea como sea: A afrontar.

Pereza o Apatía

Foto de Sarvesh Dhiman

La pereza es un descanso del impulso.
Hay en ella encerrado un placer intrínseco, que te arropa al «no hacer»,
es un atractivo dejarse caer,
un pueril dejarse llevar.

La apatía es un monstruo.
Devora tus ganas, tus fuerzas, tus impulsos.
Te cansa antes de empezar.
Es un repulsivo verse caer,
un agónico dejarse.

La pereza es parte de nuestros pequeños retos diarios. Algo inocente a superar cuando lo tienes intrínseco, en tu personalidad. Algo asible, asumible, vencible.

La apatía es un sentimiento que te invade sin darte cuenta, pasando días y días hasta que logras ver que está dentro de ti. De repente un día no te interesa nada, no te mueve nada, no te despierta nada. La apatía puede llegar a apagar tu carácter, a hacerte olvidar quién eras (quién eres), como si nunca lo hubieses sido, como si jamás pudieses volver a serlo. La apatía te engulle y no deja nada.

La pereza y la apatía, tan distintos desde dentro, tan similares desde fuera, tan fáciles de confundir desde todos los ángulos.. No dejemos que nuestra fútil mirada enturbie nuestra comprensión de lo que vemos en frente. Quizá sea pereza, quizá sea una horrible apatía que envuelve sin consentimiento a su presa, y la deja sin la mínima posibilidad de movimiento. Seamos justos y no juzguemos más que lo que nosotros mismos tenemos dentro, y con la única intención de vencerla, sea quien sea.

Devoración

Hay momentos en los que vida o te pasa por encima o te devora. Vivir es dejarse engullir por ese incontrolable crecer a tu alrededor, ese insaciable deambular de aquello que no alcanzas a asir, ese incuestionable valor de todo lo que te sostiene.

Y no está tan mal dejarse engullir por la vida. Peor sería que te engullese la muerte, o alguno de sus primos, la apatía, la aversión, el dolor, el odio, el miedo.

Puestos a ser alimento de algo, mejor de la vida, que te come y te rodea al mismo tiempo. Y te encuentras de repente encajonado, sí, inmóvil, sí, encarcelado, quizá, pero por la vida. Y tu estás también vivo, no eres materia inerte, y lo que te rodea tiene la posibilidad de ser también parte de ti si consigues asimilarlo, si aceptas que eso que tu no querías, que tratabas de evitar, sin más ha sucedido. Y ahora tienes la opción de recluirte en lo que eras antes de la devoración, o expandirte hacía lo que te devoró sin remedio. Nadie te preguntó entonces si querías ser devorado, pero ahora está en tu mano seguir siendo solo el bolo alimenticio de la vida y destruirte poco a poco en sus entrañas o construirte como nutriente de algo. La solución, a simple vista es fácil. Pero el estómago de la vida no es un lugar tranquilo y plácido donde tomar decisiones con la cabeza fría. Ojalá cuando nos encontremos en esta situación, no permitamos que la vida concluya el ciclo digestivo sin sacar nada bueno y vivo del proceso, sería el trágico final menos épico y deseable de la historia, y nadie merece acabar así.

Creencia pragmática

Creo que, si cualquier día corriente me preguntan si creo o no, la mayoría de las veces diría que no lo sé. El resto de días dirá que sí, con toda la convicción que soy capaz de reunir.

La creencia es un arma valiosa para enfrentarte a los grandes problemas de la vida. Siempre oigo, por ejemplo, que tu situación siempre es más o menos grave en función de cómo la enfrentes. Entiendo, entonces, que es fundamental tener una disposición, una actitud, un coraje, muy trabajados para enfrentarte a las situaciones malas que te llegan o te llegarán en la vida. Y esa postura vital está subyugada a tu voluntad, por un lado, a tus habilidades para manejarte a ti mismo, por otro, y a tu estado emocional por último.

Tu voluntad sólo tiene un problema, si no eres claro contigo mismo no sabrás lo que quieres y actuarás sin la fuerza de la verdadera voluntad. Cuando te esfuerzas por algo que realmente deseas/necesitas tienes un plus de ánimo y de energía.

Manejarte a ti mismo es complicadísimo. Es necesario manipularte como si fueras tu propia marioneta. Requiere entrenamiento, persistencia y muchas derrotas. Y las derrotas que pierdes contra ti mismo revierten en falta de autoestima, en fragilidad y en culpa. Hay que ser muy pesado con uno mismo, y no desfallecer, por mucho que seas un zoquete que falla más de lo que actúa.

El estado emocional es, de base, ingobernable. Sólo puedes aceptarlo y no dejarte vencer por el desaliento. «Estás en el alambre, el resto es esperar», diría Iván Ferreiro. Sólo puedes estar atento para no desaprovechar la oportunidad de saltar hacia un estado mejor cuando la altura no te mate. Pero para saltar y enfrentarte al miedo que conlleva necesitas voluntad y manejarte a tí mismo. Casi nada.

Pero, ¿dónde aparece la creencia en todo esto? Pues en todo esto.
Cuando crees en algo más grande que tú, que te ayuda, que conspira a tu favor, que te apoya aunque falles, que te espera hasta cuando ya ni tú esperas nada de ti mismo, la creencia es un arma tremendamente valiosa. No importa si crees en un Dios, en los astros, en la energía del universo, en el Karma, en los Reyes Magos, en San Antonio o en la Fuerza de Star Wars. Si hay algo más grande que tú que te ayuda a esclarecer tu voluntad, a manejarte a ti mismo, a salir del alambre o a esperar en él sin desesperar… tienes una ventaja ganadora sobre la mesa.

Por eso si alguien me pregunta en un día corriente, si creo o no, las dudas inherentes a la creencia tomarán la partida, y diré: «no lo sé». Pero si me pillas en la cuerda floja, mirando a un lado y a otro de un abismo insalvable, mirando al final de un camino difuso al que no se si quiero llegar, y a mí mismo como una pluma en el ojo del huracán, a merced de lo que otros o la nada quieran de mí, te diré que creo con todas mis fuerzas, no me queda otra. Por supuesto que creo. Con toda mi voluntad.

Locus de control

Hay un concepto en psicología que siempre me ha gustado porque explica muchas cosas. Me refiero al locus de control. Podría explicarse como la tendencia que tenemos para atribuir el control de la situación, de lo que sucede, a algo ajeno a nosotros o a nosotros mismos. Locus de control externo e interno, respectivamente.

A menudo el que tiene un locus de control externo cree que nada de lo que le ocurre (bueno o malo) es producto de su acción. Cree en la suerte, en el destino, a menudo otorga a las circunstancias el gran peso, la responsabilidad, de lo que sucede. Busca más culpables que soluciones, y los encuentra, claro. Hay quien nace con esta perspectiva de la vida y hay quien se deja llevar por ella, progresivamente en su vida o eventualmente en momentos determinados. Es fácil desenvolverse en el mundo cuando nada de lo que hagas importa y todo viene determinado por cosas ajenas a ti. Igual de fácil que triste, todo hay que decirlo.

Por contra, quien tiene un locus de control interno, cree en sus capacidades. Achaca lo que sucede a sus decisiones, sus acciones, su papel. Sabe que las circunstancias pueden ser determinantes, pero también que puede adaptarse a ellas y hacer algo con el material vital que tenga en las manos en ese momento. Es difícil desenvolverse en un mundo en el que todo lo que haces, dices, piensas, sientes, es determinante para que lo que suceda sea o no positivo, para ti o para el resto. Es angustioso. Es además irreal e ingenuo, ya que hay circunstancias y agentes externos tan arrolladores que anulan cualquier efecto provocado por tu voluntad, o que empequeñecen las causas de nuestros efectos hasta un punto absolutamente devastador.

Visto desde fuera el locus de control externo, puede ser hasta gracioso. Recordemos aquél mítico vídeo: «si ya saben cómo me pongo, ¿pa qué me invitan?«. Sin embargo es una postura más bien trágica. A menudo, muchos trastornos y problemas psicológicos vienen ligados a una posición externa del locus de control. Supongo que pensar que nada de lo que haces vale para nada deriva en muchas otras dificultades en la vida. Empezando por el hecho de no tomar cartas en el asunto porque crees que es inútil. En la mente humana los círculos viciosos son al mismo tiempo demasiado habituales y demasiado devastadores.

Supongo que ser realistas no debe impedir que tratemos de tomar cierto control. Buscar un locus de control interno siempre ayuda a ser resiliente, a afrontar los problemas, que ni se crean ni se destruyen sólo se transforman y se multiplican como conejos, a tener, aunque sea ficticiamente, algo de control sobre lo que nos sucede y lo que le sucede a la gente a nuestro alrededor.

Siempre he creído eso de que el punto medio es la virtud. Ojalá fuéramos lo suficientemente hábiles como para saber qué cosas no podemos controlar, para no dedicar esfuerzos en ellas, y qué otras están bajo nuestra influencia, para echar el resto justo ahí. Ojalá tener la certeza de que el esfuerzo va a alguna parte, y la esperanza de que tenemos la capacidad de manejar algo de lo que nos afecta.

Aunque, como estamos condenados al error, si hay que fallar, creo que prefiero ser ingenuamente idealista, vivir en una ficción en la que controlo mínimamente algo, que ser una marioneta sin voluntad, tétricamente realista. Prefiero que las circunstancias simplemente me arrollen o me mezan suavemente allá donde me dirija, pero que pueda seguir errando lo suficiente como para poder descubrir en cada paso el camino que quiero recorrer. Que la voluntad sea algo que existe, y que las incertidumbres desvelen de vez en cuando nuevas posibilidades para mi insulso quehacer diario. Que la pueril interacción que mantengo contra el mundo, sea lo suficientemente misericordiosa con mi horizonte como para que pueda seguir viviendo creyendo que controlo algo de lo que sucede a mi alrededor. Aunque sea todo una ficticia interpretación del mundo, y yo un muñeco que se mueve al son de unos hilos invisibles, a los que prefiero no mirar por si fueran reales.

Supongo que tener un locus de control interno es eso. Creer desesperadamente en ti. Saber lo que significa. Saber que estás loco, y que merece la pena estarlo. Un poco de locura es imprescindible para una mente mínimamente sana.

Al final, la cordura es inasible e inútil. Dejémosla.
No merece la pena.
La terrible cordura del idiota.

Fuerza mental

A veces nos pensamos que estar fuertes mentalmente (estar, que no ser) tiene que ver con no doblegarse, no flaquear, no hundirse, no venirse abajo. Con resistir impávido sin que te afecten los golpes de la vida (o la vida, sin necesidad de golpes).

Nada que ver.

Diría que el fuerte mentalmente (eso a lo que aspiramos todos) cae como todo hijo de vecino, se ve afectado igual y se encoge ante un puñetazo en el estómago, como todos. Pero tiene una habilidad (innata o adquirida, pero siempre entrenada), la capacidad de autoconvencerse; de querer saltar cuando está ya en el suelo, derrumbado; de intentar asirse a cuerdas invisibles, con la esperanza de que alguna vez estén ahí.

El fuerte fuerza su auto-convencimiento hasta términos interminables.

Es un embaucador consigo mismo. Un vendedor de humo en la boca del incendio. Un predicador que se tiene a sí mismo como único oyente y que sabe que se cuenta mentiras piadosas con la ética de su lado y a sí mismo de su parte (condición esencial).

El fuerte mentalmente es quien se ve a sí mismo como un amigo al que ayudar a salir del fango y que sabe que o se mete o no sale y terminará embarrado igualmente, porque ya somos barro y no podemos evitar estar cubiertos de él.

El fuerte no es el que gana las batallas, es el que las lucha. Es el que las pierde y aún así las lucha. Es el que las sigue perdiendo, y las sigue luchando. Es el inconsciente que sabe que las va a perder y que las sigue luchando de todos modos sin perder la esperanza de ganarlas algún día, o de perderlas con dignidad, que es ganarlas un poco.

Cuando hablamos de fuerza mental entra más en juego la insistencia que la victoria, la inconsciencia que la gloria, la impertinencia que la humildad.

Estar fuerte mentalmente es venirse arriba tras venirse abajo, aunque sea solo un centímetro de subida y sigas en lo más profundo del agujero. La fuerza mental no siempre te permite salir en el momento del hoyo. Más bien permite que sea posible en el futuro, siendo imposible ahora. La fuerza mental es la apuesta perdedora, que te hace perder todo lo que tienes, pero te permitirá ganar una micra algún día.

La fuerza mental es esa esperanza infundada e ingenua, inasible, incomprensible desde fuera e imposible de sostener desde dentro. Es frágil, fugaz, frugal y caprichosa. Pero no nos queda otra que apostar por ella todo lo que nos queda. Como si no nos quedara nada, y más aún, cuando no queda nada ya.

Quizá un atisbo del soplo inapreciable de nuestra fuerza mental, sea lo que nos salve cuando ya nada nos salve, ni nos queden otras fuerzas para afrontar ya nada, ni los golpes de la vida, ni la vida, sin necesidad de golpes.

Paz

Ayer fue la celebración de la Luz de la Paz de Belén en Ávila, una celebración scout que busca difundir el mensaje de Paz propio de la Navidad.

Ya lo dijo Ghandi: «No hay camino para la paz, la paz es el camino». La Paz es el camino, no la meta. Cada paso lleva paz o lleva guerra. No podemos pretender alcanzar la paz, sin que cada paso que damos, cada palabra que decimos, cada pensamiento que dejamos que se materialice, lleve otra cosa que no sea paz.

Y ¿Qué es paz?
Paz es concordia, es aceptar lo contrario a lo tuyo, es acercar en vez de alejar, es pensar bien de los demás, es pensar en los demás, es dejar de lado el conflicto e ir más allá, es aceptar que existe un conflicto, para que pueda dejar de existir. Perdonar. Valorar. Entender. Empatizar. Comprender, incluso a veces justificar, los errores de los demás, y siempre ser consciente de los propios. Saber perdonar, saber enmendar. Es buscar la calma en la vorágine. Es tener esperanza ante la desesperación. Es confiar en que nadie te desea el mal, en que nadie hace daño a propósito. Supongo que buscar la paz es ser un ingenuo, sabiendo que lo eres para dar la posibilidad al otro de hacer las cosas bien. Esperar el bien del otro siempre le abre el camino a hacerlo, y eso es también paz.
La paz es la armonía de las personas, no sin esfuerzo por todas las partes. Sabiendo que sin el esfuerzo del otro quizá el tuyo sea inútil, pero esforzándote igual, por si acaso. Confiando en que alguna vez servirá para algo.

La paz es también interior. Es estar tranquilo con lo que haces, lo que sientes, lo que piensas y lo que eres. Por que sabes que todo ello está en sintonía. La paz es la armonía de una persona consigo misma.

La paz es luz. Porque ilumina, arroja luz sobre las cosas y permite verlas tal y como son, y no como nos las imaginamos. La oscuridad (la falta de paz) no deja ver, deja intuir, deja juzgar sin certeza, explicar sin todos los datos. La luz nos aclara, nos deja ver detalles, colores, texturas, tal y como son. La realidad es infinitamente incomprensible, pero la paz nos ilumina la realidad. Nos deja ver las cosas como realmente son. Lo malo, pero también lo bueno.

Sin paz todo es blanco y negro. Con paz los colores son más vivos.
Me corrijo:
Sin paz lo vemos todo gris. Con paz lo vemos todo tal y cómo es, también todos los colores con su verdadera viveza.

Y por último, la paz no se busca, no se pide, no se exige: la paz se da, se regala, se difunde. Seamos la luz que ilumina a otros, y confiemos en que otros nos iluminarán, conscientemente o no, con su propia luz.

¡Feliz Navidad!

Límites |

Educar a un niño sin crearle límites es como jugar al fútbol sin reglas, y esperar que sea divertido. Cuando esté el balón a 3km y nadie sepa ya a qué se está jugando será demasiado tarde para plantear ninguna regla de juego. En la vida pasa igual. Los límites (morales, legales, pactados o enseñados) nos ayudan a jugar a todos a lo mismo. A divertirnos cuando procede. A ganar de vez en cuando. A perder con justicia.

Los límites, en la vida, nos ayudan a vivir. De niños, de adolescentes, y después, de adultos. Nos ayudan a crear un marco de vida. A sentar las bases del juego. A que tengamos la ilusión de que tenemos cierto control sobre lo que sucede (¡bendita ilusión!). Los límites, al contrario de lo que pueda parecer, no nos limitan (ya nacemos limitados), sino que nos permiten desenvolvernos en una vida impredecible, ingobernable, incierta, sin perdernos en la realidad caótica e infinita sobre la que somos, sin que nos termine de arrasar la verdadera vorágine que es, en realidad, nuestra propia existencia.