Un paso

Cuanto más ambicioso sea tu plan,
cuanto más exigente sea el destino,
cuanto más se alargue el recorrido y más incertidumbre envuelva el camino,
  más firme debe ser el siguiente paso.

Cuando más imposible parezca la victoria,
cuando más difícil parezca la jugada,
cuando más impedimentos se atisben en el horizonte,
  más sencillo ha de ser el siguiente paso.

Cuanto más se alargue la agonía de la espera,
cuanto más se acorte el tiempo, que nunca sobra,
cuanto más te abrume el irreductible infinito que te separa de la perfección,
  más decidido ha de ser el siguiente paso.

Porque, asumámoslo, las miradas al horizonte no te mueven hacia él,
y tú ya sabes dónde vas.
Y sí, el infinito es abrumador siempre que lo percibes,
pero, lo quieras o no, solo tienes dos manos.
Aunque también dos pies:
suficientes para permitirte avanzar un poco cada vez,
y acercarte mucho poco a poco.
  Un pie delante del otro. Sólo es eso.
No mires arriba, ya no,
ya solo importa el suelo en el que pesas,
y asegurarte de que pisas
firmemente, sencillamente, decidiamente,
y que no paras más que a tomar fuerzas:
  un pie,
    delante
      del otro;
        un pie
          delante
            del otro;
              un pie
                delante
                  del otro;
                    un pie
                      delante
                        del otro;
                          …



Otoño

El otoño es una muerte bella,
una pena agradable,
un momento angular, en una vuelta,
el llanto de la vida mientras baila,
la belleza rescatándonos.

El otoño es una pérdida inevitable,
una despedida que regresará algún día,
un encuentro cada vez menos lejano.
Es cada vez menos aquel verano inútil
y cada vez más ese invierno necesario

El otoño es la danza de lo vivo,
las lágrimas del chopo erguido
que lanzan gritos, de desesperación ocre, antes de caer
y, una vez en el suelo, bailan al capricho de una ráfaga de viento.
Es la belleza embelesadora de ver un edificio derrumbarse, a cámara lenta;
la tranquilidad de saber que se construirá algo mejor, con el tiempo.
El otoño es una muerte para la que existe resurrección.

El otoño es el rojo y el amarillo, el verde apagado y la tierra, a veces húmeda.
Es un sol que calienta sin quemar,
que ilumina sin cegar,
que llega sin atropellos ni afán de protagonismo.
El otoño es el candor de un ascua que se apaga;
es una invitación a recrearte con lo que captan tus sentidos.
El otoño es la naturaleza que nos acuna, que nos abraza, que nos acompaña en las malas, convirtiéndolas en buenas.
El otoño es ese amigo que siempre está ahí aunque no esté cada día.

Es el otoño el vuelo de la hoja:
un octubre que despega,
un noviembre que pasa volando,
un diciembre que se deja caer.
Es el canto de un crujido,
del manto deshilachado que lo cubre todo,
que nos descubre a nosotros mismos.
El otoño es el descubrimiento de que volamos, sin despegarnos del suelo.
El otoño es la nostalgia ya caduca.
Es el presente abofeteándote de frío.
El otoño es el soporte para lo que vendrá después.

Un loco: Antonio Machado

@elaverigua

La buena poesía es atemporal, resucitable, eterna.

Un loco, de Antonio Machado, habla de una persona que sale de la ciudad hastiado por los desencantos de la urbe: sus miserias, sus quehaceres, sus maldades… y a fin de cuentas, sus idioteces, a las que el loco llama “su terrible cordura”.

UN LOCO

Es una tarde mustia y desabrida

de un otoño sin frutos, en la tierra

estéril y raída

donde la sombra de un centauro yerra.

Por un camino en la árida llanura,

entre álamos marchitos,

a solas con su sombra y su locura,

va el loco hablando a gritos.

Lejos se ven sombríos estepares,

colinas con malezas y cambrones,

y ruinas de viejos encinares

coronando los agrios serrijones.

El loco vocifera

a solas con su sombra y su quimera.

Es horrible y grotesca su figura;

flaco, sucio, maltrecho y mal rapado,

ojos de calentura

iluminan su rostro demacrado.

Huye de la ciudad… Pobres maldades,

misérrimas virtudes y quehaceres

de chulos aburridos, y ruindades

de ociosos mercaderes.

Por los campos de Dios el loco avanza.

Tras la tierra esquelética y sequiza

—rojo de herrumbre y pardo de ceniza—

hay un sueño de lirio en lontananza.

Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!

—¡carne triste y espíritu villano!—.

No fue por una trágica amargura

esta alma errante desgajada y rota;

purga un pecado ajeno: la cordura,

la terrible cordura del idiota.

Antonio Machado

Nos ha tocado vivir un momento donde no podemos huir. Algo que tan estúpidamente fácil se nos ha puesto siempre, la huida, es ahora imposible: allá donde vayas, te verás a tí mismo compartiendo el papel de víctima y de verdugo, por no saber si recibes o si das, el virus que invade nuestro mundo. Ahora es hora de aceptar, afrontar y enfrentar. No hay cabida para la huida.

Es ahí donde entra en juego la valentía. Para el “loco” de Machado, la valentía consistía en salir de la ciudad, de allí donde había una vida -sí, llena de maldades, ruindades, y misérrimas virtudes, pero vida-, para huir a quién sabe dónde, a vivir quién sabe cómo, rodeado de quién sabe quién, posiblemente de nadie. Ahora la valentía es todo lo contrario: no moverte del sitio, esperar pacientemente, dejar de caminar hacia ninguna parte, sin saber muy bien hasta cuándo, y rodeado de mucha menos gente de la que estás acostumbrado. Todos dejando lejos a gente importante, algunos privilegiados con gente importante cerca.

Tenemos muchas cosas en común el loco y nosotros: ambos nos abocamos a una soledad desconocida: fuera de la urbe el loco estará solo, nosotros dentro de nuestras casa -o fuera de ellas, cuando no hay otra opción- la cercanía con los demás será incompleta: dejaremos de ver a gente, de tocarles, de sentirles cerca siquiera. Somos unos privilegiados de poder conectar, aunque sea de ese modo incompleto, con los recursos con que contamos hoy. La valentía del loco se resume en hacer lo contrario que le dicta la razón (quédate en la ciudad, sólo ahí podrás sobrevivir), en nuestro caso, cuerdos que somos, la valentía se resume en hacer lo que nos dicta la razón (quédate en casa, sólo así podrás sobrevivir). 

Es valiente el que se queda solo, porque se queda consigo mismo, y hoy en día estamos muy poco acostumbrados a quedarnos solos con nosotros mismos.

Hoy no nos toca ser locos, nos toca ser cuerdos. Hoy los cuerdos somos los valientes, los que resistimos los arranques del corazón y hacemos caso a nuestra cabeza, encerrados en casa por propia voluntad, por prevención, por responsabilidad. Algún día, cuando el virus desaloje nuestra urbe, o seamos capaces de gobernarlo nosotros a él, y no al contrario, tocará coger de nuevo el papel de locos, purgando como siempre el pecado ajeno: la cordura, la terrible cordura del idiota.

Hoy no, hoy escuchando el silencio de cuatro paredes, el sonido estridente de un movmiento en la calle, al abrigo de una ventana, oyes vociferar una luz dentro del pecho, hoy el pecado está del otro lado: la locura, la terrible locura del idiota.

El silencio no suena y desespera

El silencio no suena y desespera. 
Es prófuga, o palabra prisionera, 
Huye incómodo el vacío:
Inquietos lo atiborran con prisa. 
Tranquilo y sobrado me da la risa:
el no sonido es mío

Esa ausencia de voz que de repente
vuelca al mundo en su vertiente silente, 
disfrute volitivo, 
placer sutil de parar y sentirte, 
instante eterno que no deja irte, 
es descanso auditivo

Se que hay gente alrededor desquiciada
Puliendo esa palabra desgastada
que no dará la talla
pero es la salvación a este incómodo;
a este nadie hablando. Al fin del todo, 
nos servirá morralla

Verborrea insulsa, no dice nada. 
Sólo calla una mente liberada
-pensamiento valiente-, 
que no teme a otra al lado sin oirla
vaguedades. Casi goza al sentirla
nerviosa de repente

El silencio no es malo sino por los
arbitrios miedosos que alzan la voz, 
suena rápida e inútil, 
para cobardes susurros de nada
esa insulsa, que nada desfogada
y aviva el verbo fútil.