La huida

Foto de Rayson Tan

Huir es dedicar
tiempo
y esfuerzo
a cosas que no tienen ninguna importancia,

quedándote
sin tiempo
y sin fuerzas,
para enfrentarte a las cosas importantes.

Y así cada día te acuestas pensando que has hecho algo, o que has hecho muchas cosas, pero en realidad no has hecho nada valioso con tu día, con tu vida.

La huida es la opción más fácil. Tenemos tantas cosas a nuestro alcance cuyo único propósito es distraernos de nosotros mismos y de los demás, que si quitásemos todas esas pequeñas huidas que llevamos a cabo en el día a día, cada día sería un abismo espeluznante. Por eso, entre otras cosas, da miedo dejar de huir: por la sensación de vacío que queda cuando dejas de distraerte y te enfocas en lo que verdaderamente te da la vida o te la quita. La huida llena el vacío con más vacío. Pero nos disfraza esa sensación de estar ante el precipicio y a veces nos conformamos con ello.

La huida es la opción menos incierta. Es otra fantasía más sobre la que sostener que tenemos algo de control sobre lo que sucede. Porque cuando fallamos en aquellas cosas que nos sirven para huir, el error es inocuo, nos da igual. La huida nos permite seguir cometiendo errores -como venimos haciendo desde que existimos- pero como se cometen en un juego, donde nada importa realmente. Así, como ilusionistas de la vida, hacemos que los errores no tengan importancia, pero la verdad que se esconde tras esto, es que no tienen importancia ni los errores ni lo que hacemos cada día. La huida nos ayuda a manejar nuestra inseguridad, a ocultarnos de la realidad, a correr un tupido velo sobre nuestro mundo, para que nadie pueda hacerle daño. Para que nuestro mundo ni exista: la huida nos separa de la vida.

La huida es una opción socialmente aceptada, incluso laureada. Quizá porque la mayoría de las veces gastamos dinero en huir, y eso al propio sistema le encanta. Quizá porque el individualismo, la sociedad líquida, y las nuevas corrientes sociales confluyen en un modelo de huida casi perfecto, en el que podemos convertir la vida en una huida y no darnos ni cuenta, e incluso pensar que hacemos lo correcto y que seremos más felices ante esta postura vital. La huida tiene mejor prensa que la propia vida. Enfrentarse a la Verdad es de pretenciosos intensitos, mientras que hacer un llamativo viaje y dedicar un buen rato de su tiempo a crear un video exorbitado sobre él, te llena de halagos y de flores. La huida es bella, la vida es fea tantas veces…

La huida es un mal endémico, y ante problemas importantes es un monstruo enorme, pero que, en lugar de dar miedo, te devora con su irresistible atracción. Y ante monstruos que dan miedo, y monstruos que te arrullan y te abrazan con todos sus brazos para bloquearte, solemos acercarnos al segundo. Es fácil dejarse vencer por la huida y pensar que nos protege , cuando en realidad nos desactiva, nos desapunta de la vida, nos engulle y nos rapta, nos quita el tiempo y la fuerza, y nos deja igual de vacíos que siempre, pero sin recursos para salir del paso. La huida es un monstruo que se hace pasar por tu amigo, pero que se alimenta de tu vida y no te deja ni un trozo para ti. Y en momentos en los que tu propia vida se te atraganta, no parece mala idea dársela al monstruo y que se indigeste él con ella. Pero él no se come sólo lo malo, te deja sin nada. La huida es avariciosa y te termina poseyendo.

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Dejar de huir es dedicar
tiempo
y esfuerzo
a las cosas que verdaderamente importan

¿Qué cosas verdaderamente importan?
Con esta pregunta podemos empezar a deshacer la huida,
y dedicar
tiempo
y esfuerzo
a Afrontar.

Al final con las cosas importantes nos pasa como nos pasaba de niños con los trabajos del colegio. Los dejamos para el último día. Y si no nos ponen fecha para entregarlos quizá no hagamos nunca el trabajo.

En la vida la fecha límite de entrega no existe, o dicho de otra forma, es siempre hoy. Mañana siempre es más tarde de la cuenta y pasado mañana es, casi con total certeza, nunca.
posponer es, casi siempre, apuntarlo para nunca«)

La procrastinación es el estandarte de la huida.

Sea lo que sea, o lo afrontas, o huyes.
Afrontar es el único remedio para que, sea lo que sea, deje de ser.
Así que sea como sea: A afrontar.

Pereza o Apatía

Foto de Sarvesh Dhiman

La pereza es un descanso del impulso.
Hay en ella encerrado un placer intrínseco, que te arropa al «no hacer»,
es un atractivo dejarse caer,
un pueril dejarse llevar.

La apatía es un monstruo.
Devora tus ganas, tus fuerzas, tus impulsos.
Te cansa antes de empezar.
Es un repulsivo verse caer,
un agónico dejarse.

La pereza es parte de nuestros pequeños retos diarios. Algo inocente a superar cuando lo tienes intrínseco, en tu personalidad. Algo asible, asumible, vencible.

La apatía es un sentimiento que te invade sin darte cuenta, pasando días y días hasta que logras ver que está dentro de ti. De repente un día no te interesa nada, no te mueve nada, no te despierta nada. La apatía puede llegar a apagar tu carácter, a hacerte olvidar quién eras (quién eres), como si nunca lo hubieses sido, como si jamás pudieses volver a serlo. La apatía te engulle y no deja nada.

La pereza y la apatía, tan distintos desde dentro, tan similares desde fuera, tan fáciles de confundir desde todos los ángulos.. No dejemos que nuestra fútil mirada enturbie nuestra comprensión de lo que vemos en frente. Quizá sea pereza, quizá sea una horrible apatía que envuelve sin consentimiento a su presa, y la deja sin la mínima posibilidad de movimiento. Seamos justos y no juzguemos más que lo que nosotros mismos tenemos dentro, y con la única intención de vencerla, sea quien sea.

Paz

Ayer fue la celebración de la Luz de la Paz de Belén en Ávila, una celebración scout que busca difundir el mensaje de Paz propio de la Navidad.

Ya lo dijo Ghandi: «No hay camino para la paz, la paz es el camino». La Paz es el camino, no la meta. Cada paso lleva paz o lleva guerra. No podemos pretender alcanzar la paz, sin que cada paso que damos, cada palabra que decimos, cada pensamiento que dejamos que se materialice, lleve otra cosa que no sea paz.

Y ¿Qué es paz?
Paz es concordia, es aceptar lo contrario a lo tuyo, es acercar en vez de alejar, es pensar bien de los demás, es pensar en los demás, es dejar de lado el conflicto e ir más allá, es aceptar que existe un conflicto, para que pueda dejar de existir. Perdonar. Valorar. Entender. Empatizar. Comprender, incluso a veces justificar, los errores de los demás, y siempre ser consciente de los propios. Saber perdonar, saber enmendar. Es buscar la calma en la vorágine. Es tener esperanza ante la desesperación. Es confiar en que nadie te desea el mal, en que nadie hace daño a propósito. Supongo que buscar la paz es ser un ingenuo, sabiendo que lo eres para dar la posibilidad al otro de hacer las cosas bien. Esperar el bien del otro siempre le abre el camino a hacerlo, y eso es también paz.
La paz es la armonía de las personas, no sin esfuerzo por todas las partes. Sabiendo que sin el esfuerzo del otro quizá el tuyo sea inútil, pero esforzándote igual, por si acaso. Confiando en que alguna vez servirá para algo.

La paz es también interior. Es estar tranquilo con lo que haces, lo que sientes, lo que piensas y lo que eres. Por que sabes que todo ello está en sintonía. La paz es la armonía de una persona consigo misma.

La paz es luz. Porque ilumina, arroja luz sobre las cosas y permite verlas tal y como son, y no como nos las imaginamos. La oscuridad (la falta de paz) no deja ver, deja intuir, deja juzgar sin certeza, explicar sin todos los datos. La luz nos aclara, nos deja ver detalles, colores, texturas, tal y como son. La realidad es infinitamente incomprensible, pero la paz nos ilumina la realidad. Nos deja ver las cosas como realmente son. Lo malo, pero también lo bueno.

Sin paz todo es blanco y negro. Con paz los colores son más vivos.
Me corrijo:
Sin paz lo vemos todo gris. Con paz lo vemos todo tal y cómo es, también todos los colores con su verdadera viveza.

Y por último, la paz no se busca, no se pide, no se exige: la paz se da, se regala, se difunde. Seamos la luz que ilumina a otros, y confiemos en que otros nos iluminarán, conscientemente o no, con su propia luz.

¡Feliz Navidad!

Poema en forma sonata: simplifica

Siempre me han dado rabia los textos en forma imperativa, que me dicen lo que tengo que hacer, lo que tengo que sentir, cómo debo comportarme. Pero este texto lo escribo yo y me tiene a mi como único destinatario. Ahora entiendo que quizá, todos aquellos textos «imperativos», que tanta rabia me daban, no iban dirigidos a mí, sino a la misma persona que lo escribió. Por eso no me gustaban, porque no iban para mí.

Otra cosa. Lo de la forma sonata se que suena pretencioso. Pero es el molde sobre el que he construido el poema y me apetecía decirlo. Sin más. Ahí va el poema:


Ojalá fuera tan simple:
Simplifica.
Fíjate en los detalles.
Fíjate en las sensaciones positivas.
Deja de pensar, siente que estás vivo y disfrútalo.
Habla cuando tengas algo que decir,
calla cuando no.
No te sientas culpable por hacerlo así.
Expresa lo que te parece mal.
Se coherente.
No juzgues a los demás.
Haz a la gente la vida más fácil.
.
El palidecer paulatino de tu firmeza.
El decaer incesante de tu seguridad.
Son el color añil, ajado, de una idea
que sólo tú podrás velar, hundir, quebrar. 
Eres dueño de tu bajeza,
almirante de tu realidad,
estandarte de un ejército con el que partes solo,
formado por ti,
solo.
.
Simplifica: haz felices a los demás,
deja de pensar, siente,
se coherente.
Siéntete bien con lo que dices, lo que haces. Pisa fácil, pisa firme.
Fíjate en los detalles: el color de una nube,
la vibración de un sonido cosquilleando en tu tímpano,
el candor del frío de la brisa en contraste con el calor de tu piel.
Deja de pensar: siente lo anterior (los detalles) y disfrútalo.
Eres almirante de tus pensamientos.
Habla: es humano, es necesario.
Calla si no tienes nada que decir, eres tú.
No te sientas culpable por ser tú,
por ser humano, por cubrir necesidades tan básicas: sentir tu lugar, conocer tu sitio, habitar tu espacio.
Eres dueño de tus silencios.
Sé coherente con lo que sientes y piensas.
No hagas algo que no creas que debas hacer,
no digas algo que no creas que debas decir.
Se fiel a aquello que te hace sentirte bien, mejor persona, mejor tú.
Eres estandarte de tus principios.
No seas egoísta porque no va contigo.
Piensa en los demás,
actúa por ellos,
y siéntete firme, seguro,
formando esa idea de ti mismo
que tanto necesitas resucitar,
que hará resurgir tu fuerza,
acallar tu bajeza,
sostener tu realidad,
contener los ejércitos que te amenazan,
formados en su mayoría por ti,
solo.
.
Simplifica.
Encuéntrate en los detalles.
Recreate en las sensaciones positivas.
Deja de pensar, asegúrate de estar vivo y de disfruarlo.
Habla solamente cuando tengas algo que decir,
Calla solamente cuando no.
Siéntete bien por hacerlo así.
Páralo, cuando  te parezca mal.
Se fiel a tus propios dogmas.
No juzgues a los demás. Compréndelos.
Quiérete por tratar de hacerle a la gente la vida más fácil.
.
El alzamiento imparable de tu firmeza.
El sostén incansable de tu seguridad.
Son el color vivo, intenso, de una idea
que sólo tú podrás arriar, venerar, concebir. 
Eres dueño de tu valía,
almirante de tu valor,
estandarte de un ejército con el que luchas solo,
Contra ti,
solo.
.
Vive y simplifica.
Vive simplemente.
Vive, simplemente.
Simplifica,
Simplemente.
.

:ojalá fuera tan simple

Traumas

Imagen: @el_averigua

Hay situaciones traumáticas en esto que nos está sucediendo.

Traumáticas en el sentido de perennes, que se quedan para siempre.

Son traumáticas de manera individual, y de manera comunitaria, social. Para todos y para cada uno.

No es fácil. Para nadie, aunque sería injusto vernos, a los confinados, como las víctimas de todo esto. Lo son quienes salen a trabajar con miedo a contagiar a sus familias, quienes salen a la batalla -porque esto es una guerra-, a jugarse la vida con los enfermos, que demasiado a menudo la pierden -es peor que una guerra, hay demasiado fuego cruzado, y además, no sólo se juega la vida el que es llamado a filas, también quienes viven con ellos cerca cada día al volver a casa, es como si las balas de una batalla pudieran atraversarte sin dañarte a ti, pero hiriendo de muerte a tus seres queridos-, y por supuesto los enfermos, las verdaderas víctimas de todo esto, por suerte a veces con final feliz, por desgracia, demasiadas veces, no siempre.

Yo sólo puedo hablar de mi situación, privilegiada, de no salir de casa a jugarme la vida, de unos ojos que no alcanzan a observar el horror de una sanidad que no da abasto. Si nuestra situación -fácil, entre todas las demás- es difícil, no puedo imaginar cómo será la situación de quien sale ahí fuera.

El confinamiento ya ha vivido quince días, ya hemos pasado esa época en la que sentíamos los síntomas sin tenerlos. O quizá no, quizá vuelva. ¿A quién no le ha pasado? Sensación de fiebre. Malestar. Dolor de cabeza. ¿Eso que siento es que me cuesta respirar? ¿Me duele la garganta? ¿Estaré cayendo yo? Si no he salido de casa, no creo, ¿verdad? Esa época ya ha pasado. Pero la de los altibajos emocionales quizá no: estados depresivos que van y vienen y que son difícilmente controlables sin encontrar una huida: siempre los mismos quehaceres y en el mismo lugar. Qué valiosos son en esos momentos la música, la literatura, el cine, las artes. Qué valiosa es en esos momentos nuestra capacidad -que la tenemos todos, aunque algunos se resistan a utilizarla por miedo a la calidad de sus obras- de crear, ya sea música, historias, poesías, imágenes… pero también en esto entra la cocina, el orden de una estantería, colocar ese cuadro que tanto tiempo llevaba esperando a ser colocado en su sitio, y tantas cosas más. 

La creatividad salva mentes. Te activa sin moverte del sitio, y le da un sentido a tu tiempo. No importa la calidad de la obra. Nunca importa si no te piensas lucrar de ella, sólo querer que exista algo que antes no lo hacía, o no de esa manera exacta. Quizá por eso yo me permito escribir a veces, porque creo que es legítimo, y salva mentes, la mía.

Sólo queda seguir esperando, viviendo a este lado de la ventana, hacernos a la idea de que va para largo, de que esta situación no está mejorando aún -hay que aceptarlo- que las nuevas rutinas son ahora nuestras rutinas, vivir día a día, crear cada día desde el principio y con lo que tenemos, y seguir adelante. Agradeciendo a toda esa gente que se juega la vida ahí fuera, y que nos permite vivir fácilmente nuestro confinamiento, con el único problema de gestionarnos a nosotros mismos, en nuestra pequeña batalla interna de la que saldremos crecidos si salimos vencedores – como en toda batalla interna que se gana – consiguiendo que nuestro pequeño trauma se convierta en un gran crecimiento, y nada más. Porque si lo piensas nosotros somos los privilegiados de esta historia, más allá de vivir en la incertidumbre, por mucho que nuestra mente egocéntrica se quiera autocompadecer de nosotros. No estamos tan mal. Pidamos – a Dios, a los astros, a uno mismo, a YouTube, a Amazon no, por favor- ese lote de fuerzas que necesitamos, y ese algo sobre lo que crear – sobre lo que usar nuestro tiempo -, solo con eso nos basta. Fuerza y ya. Pidamos y a seguir.