La huida

Foto de Rayson Tan

Huir es dedicar
tiempo
y esfuerzo
a cosas que no tienen ninguna importancia,

quedándote
sin tiempo
y sin fuerzas,
para enfrentarte a las cosas importantes.

Y así cada día te acuestas pensando que has hecho algo, o que has hecho muchas cosas, pero en realidad no has hecho nada valioso con tu día, con tu vida.

La huida es la opción más fácil. Tenemos tantas cosas a nuestro alcance cuyo único propósito es distraernos de nosotros mismos y de los demás, que si quitásemos todas esas pequeñas huidas que llevamos a cabo en el día a día, cada día sería un abismo espeluznante. Por eso, entre otras cosas, da miedo dejar de huir: por la sensación de vacío que queda cuando dejas de distraerte y te enfocas en lo que verdaderamente te da la vida o te la quita. La huida llena el vacío con más vacío. Pero nos disfraza esa sensación de estar ante el precipicio y a veces nos conformamos con ello.

La huida es la opción menos incierta. Es otra fantasía más sobre la que sostener que tenemos algo de control sobre lo que sucede. Porque cuando fallamos en aquellas cosas que nos sirven para huir, el error es inocuo, nos da igual. La huida nos permite seguir cometiendo errores -como venimos haciendo desde que existimos- pero como se cometen en un juego, donde nada importa realmente. Así, como ilusionistas de la vida, hacemos que los errores no tengan importancia, pero la verdad que se esconde tras esto, es que no tienen importancia ni los errores ni lo que hacemos cada día. La huida nos ayuda a manejar nuestra inseguridad, a ocultarnos de la realidad, a correr un tupido velo sobre nuestro mundo, para que nadie pueda hacerle daño. Para que nuestro mundo ni exista: la huida nos separa de la vida.

La huida es una opción socialmente aceptada, incluso laureada. Quizá porque la mayoría de las veces gastamos dinero en huir, y eso al propio sistema le encanta. Quizá porque el individualismo, la sociedad líquida, y las nuevas corrientes sociales confluyen en un modelo de huida casi perfecto, en el que podemos convertir la vida en una huida y no darnos ni cuenta, e incluso pensar que hacemos lo correcto y que seremos más felices ante esta postura vital. La huida tiene mejor prensa que la propia vida. Enfrentarse a la Verdad es de pretenciosos intensitos, mientras que hacer un llamativo viaje y dedicar un buen rato de su tiempo a crear un video exorbitado sobre él, te llena de halagos y de flores. La huida es bella, la vida es fea tantas veces…

La huida es un mal endémico, y ante problemas importantes es un monstruo enorme, pero que, en lugar de dar miedo, te devora con su irresistible atracción. Y ante monstruos que dan miedo, y monstruos que te arrullan y te abrazan con todos sus brazos para bloquearte, solemos acercarnos al segundo. Es fácil dejarse vencer por la huida y pensar que nos protege , cuando en realidad nos desactiva, nos desapunta de la vida, nos engulle y nos rapta, nos quita el tiempo y la fuerza, y nos deja igual de vacíos que siempre, pero sin recursos para salir del paso. La huida es un monstruo que se hace pasar por tu amigo, pero que se alimenta de tu vida y no te deja ni un trozo para ti. Y en momentos en los que tu propia vida se te atraganta, no parece mala idea dársela al monstruo y que se indigeste él con ella. Pero él no se come sólo lo malo, te deja sin nada. La huida es avariciosa y te termina poseyendo.

.

Dejar de huir es dedicar
tiempo
y esfuerzo
a las cosas que verdaderamente importan

¿Qué cosas verdaderamente importan?
Con esta pregunta podemos empezar a deshacer la huida,
y dedicar
tiempo
y esfuerzo
a Afrontar.

Al final con las cosas importantes nos pasa como nos pasaba de niños con los trabajos del colegio. Los dejamos para el último día. Y si no nos ponen fecha para entregarlos quizá no hagamos nunca el trabajo.

En la vida la fecha límite de entrega no existe, o dicho de otra forma, es siempre hoy. Mañana siempre es más tarde de la cuenta y pasado mañana es, casi con total certeza, nunca.
posponer es, casi siempre, apuntarlo para nunca«)

La procrastinación es el estandarte de la huida.

Sea lo que sea, o lo afrontas, o huyes.
Afrontar es el único remedio para que, sea lo que sea, deje de ser.
Así que sea como sea: A afrontar.

Creencia pragmática

Creo que, si cualquier día corriente me preguntan si creo o no, la mayoría de las veces diría que no lo sé. El resto de días dirá que sí, con toda la convicción que soy capaz de reunir.

La creencia es un arma valiosa para enfrentarte a los grandes problemas de la vida. Siempre oigo, por ejemplo, que tu situación siempre es más o menos grave en función de cómo la enfrentes. Entiendo, entonces, que es fundamental tener una disposición, una actitud, un coraje, muy trabajados para enfrentarte a las situaciones malas que te llegan o te llegarán en la vida. Y esa postura vital está subyugada a tu voluntad, por un lado, a tus habilidades para manejarte a ti mismo, por otro, y a tu estado emocional por último.

Tu voluntad sólo tiene un problema, si no eres claro contigo mismo no sabrás lo que quieres y actuarás sin la fuerza de la verdadera voluntad. Cuando te esfuerzas por algo que realmente deseas/necesitas tienes un plus de ánimo y de energía.

Manejarte a ti mismo es complicadísimo. Es necesario manipularte como si fueras tu propia marioneta. Requiere entrenamiento, persistencia y muchas derrotas. Y las derrotas que pierdes contra ti mismo revierten en falta de autoestima, en fragilidad y en culpa. Hay que ser muy pesado con uno mismo, y no desfallecer, por mucho que seas un zoquete que falla más de lo que actúa.

El estado emocional es, de base, ingobernable. Sólo puedes aceptarlo y no dejarte vencer por el desaliento. «Estás en el alambre, el resto es esperar», diría Iván Ferreiro. Sólo puedes estar atento para no desaprovechar la oportunidad de saltar hacia un estado mejor cuando la altura no te mate. Pero para saltar y enfrentarte al miedo que conlleva necesitas voluntad y manejarte a tí mismo. Casi nada.

Pero, ¿dónde aparece la creencia en todo esto? Pues en todo esto.
Cuando crees en algo más grande que tú, que te ayuda, que conspira a tu favor, que te apoya aunque falles, que te espera hasta cuando ya ni tú esperas nada de ti mismo, la creencia es un arma tremendamente valiosa. No importa si crees en un Dios, en los astros, en la energía del universo, en el Karma, en los Reyes Magos, en San Antonio o en la Fuerza de Star Wars. Si hay algo más grande que tú que te ayuda a esclarecer tu voluntad, a manejarte a ti mismo, a salir del alambre o a esperar en él sin desesperar… tienes una ventaja ganadora sobre la mesa.

Por eso si alguien me pregunta en un día corriente, si creo o no, las dudas inherentes a la creencia tomarán la partida, y diré: «no lo sé». Pero si me pillas en la cuerda floja, mirando a un lado y a otro de un abismo insalvable, mirando al final de un camino difuso al que no se si quiero llegar, y a mí mismo como una pluma en el ojo del huracán, a merced de lo que otros o la nada quieran de mí, te diré que creo con todas mis fuerzas, no me queda otra. Por supuesto que creo. Con toda mi voluntad.

Fuerza mental

A veces nos pensamos que estar fuertes mentalmente (estar, que no ser) tiene que ver con no doblegarse, no flaquear, no hundirse, no venirse abajo. Con resistir impávido sin que te afecten los golpes de la vida (o la vida, sin necesidad de golpes).

Nada que ver.

Diría que el fuerte mentalmente (eso a lo que aspiramos todos) cae como todo hijo de vecino, se ve afectado igual y se encoge ante un puñetazo en el estómago, como todos. Pero tiene una habilidad (innata o adquirida, pero siempre entrenada), la capacidad de autoconvencerse; de querer saltar cuando está ya en el suelo, derrumbado; de intentar asirse a cuerdas invisibles, con la esperanza de que alguna vez estén ahí.

El fuerte fuerza su auto-convencimiento hasta términos interminables.

Es un embaucador consigo mismo. Un vendedor de humo en la boca del incendio. Un predicador que se tiene a sí mismo como único oyente y que sabe que se cuenta mentiras piadosas con la ética de su lado y a sí mismo de su parte (condición esencial).

El fuerte mentalmente es quien se ve a sí mismo como un amigo al que ayudar a salir del fango y que sabe que o se mete o no sale y terminará embarrado igualmente, porque ya somos barro y no podemos evitar estar cubiertos de él.

El fuerte no es el que gana las batallas, es el que las lucha. Es el que las pierde y aún así las lucha. Es el que las sigue perdiendo, y las sigue luchando. Es el inconsciente que sabe que las va a perder y que las sigue luchando de todos modos sin perder la esperanza de ganarlas algún día, o de perderlas con dignidad, que es ganarlas un poco.

Cuando hablamos de fuerza mental entra más en juego la insistencia que la victoria, la inconsciencia que la gloria, la impertinencia que la humildad.

Estar fuerte mentalmente es venirse arriba tras venirse abajo, aunque sea solo un centímetro de subida y sigas en lo más profundo del agujero. La fuerza mental no siempre te permite salir en el momento del hoyo. Más bien permite que sea posible en el futuro, siendo imposible ahora. La fuerza mental es la apuesta perdedora, que te hace perder todo lo que tienes, pero te permitirá ganar una micra algún día.

La fuerza mental es esa esperanza infundada e ingenua, inasible, incomprensible desde fuera e imposible de sostener desde dentro. Es frágil, fugaz, frugal y caprichosa. Pero no nos queda otra que apostar por ella todo lo que nos queda. Como si no nos quedara nada, y más aún, cuando no queda nada ya.

Quizá un atisbo del soplo inapreciable de nuestra fuerza mental, sea lo que nos salve cuando ya nada nos salve, ni nos queden otras fuerzas para afrontar ya nada, ni los golpes de la vida, ni la vida, sin necesidad de golpes.

Paz

Ayer fue la celebración de la Luz de la Paz de Belén en Ávila, una celebración scout que busca difundir el mensaje de Paz propio de la Navidad.

Ya lo dijo Ghandi: «No hay camino para la paz, la paz es el camino». La Paz es el camino, no la meta. Cada paso lleva paz o lleva guerra. No podemos pretender alcanzar la paz, sin que cada paso que damos, cada palabra que decimos, cada pensamiento que dejamos que se materialice, lleve otra cosa que no sea paz.

Y ¿Qué es paz?
Paz es concordia, es aceptar lo contrario a lo tuyo, es acercar en vez de alejar, es pensar bien de los demás, es pensar en los demás, es dejar de lado el conflicto e ir más allá, es aceptar que existe un conflicto, para que pueda dejar de existir. Perdonar. Valorar. Entender. Empatizar. Comprender, incluso a veces justificar, los errores de los demás, y siempre ser consciente de los propios. Saber perdonar, saber enmendar. Es buscar la calma en la vorágine. Es tener esperanza ante la desesperación. Es confiar en que nadie te desea el mal, en que nadie hace daño a propósito. Supongo que buscar la paz es ser un ingenuo, sabiendo que lo eres para dar la posibilidad al otro de hacer las cosas bien. Esperar el bien del otro siempre le abre el camino a hacerlo, y eso es también paz.
La paz es la armonía de las personas, no sin esfuerzo por todas las partes. Sabiendo que sin el esfuerzo del otro quizá el tuyo sea inútil, pero esforzándote igual, por si acaso. Confiando en que alguna vez servirá para algo.

La paz es también interior. Es estar tranquilo con lo que haces, lo que sientes, lo que piensas y lo que eres. Por que sabes que todo ello está en sintonía. La paz es la armonía de una persona consigo misma.

La paz es luz. Porque ilumina, arroja luz sobre las cosas y permite verlas tal y como son, y no como nos las imaginamos. La oscuridad (la falta de paz) no deja ver, deja intuir, deja juzgar sin certeza, explicar sin todos los datos. La luz nos aclara, nos deja ver detalles, colores, texturas, tal y como son. La realidad es infinitamente incomprensible, pero la paz nos ilumina la realidad. Nos deja ver las cosas como realmente son. Lo malo, pero también lo bueno.

Sin paz todo es blanco y negro. Con paz los colores son más vivos.
Me corrijo:
Sin paz lo vemos todo gris. Con paz lo vemos todo tal y cómo es, también todos los colores con su verdadera viveza.

Y por último, la paz no se busca, no se pide, no se exige: la paz se da, se regala, se difunde. Seamos la luz que ilumina a otros, y confiemos en que otros nos iluminarán, conscientemente o no, con su propia luz.

¡Feliz Navidad!

Límites |

Educar a un niño sin crearle límites es como jugar al fútbol sin reglas, y esperar que sea divertido. Cuando esté el balón a 3km y nadie sepa ya a qué se está jugando será demasiado tarde para plantear ninguna regla de juego. En la vida pasa igual. Los límites (morales, legales, pactados o enseñados) nos ayudan a jugar a todos a lo mismo. A divertirnos cuando procede. A ganar de vez en cuando. A perder con justicia.

Los límites, en la vida, nos ayudan a vivir. De niños, de adolescentes, y después, de adultos. Nos ayudan a crear un marco de vida. A sentar las bases del juego. A que tengamos la ilusión de que tenemos cierto control sobre lo que sucede (¡bendita ilusión!). Los límites, al contrario de lo que pueda parecer, no nos limitan (ya nacemos limitados), sino que nos permiten desenvolvernos en una vida impredecible, ingobernable, incierta, sin perdernos en la realidad caótica e infinita sobre la que somos, sin que nos termine de arrasar la verdadera vorágine que es, en realidad, nuestra propia existencia.

Traumas

Imagen: @el_averigua

Hay situaciones traumáticas en esto que nos está sucediendo.

Traumáticas en el sentido de perennes, que se quedan para siempre.

Son traumáticas de manera individual, y de manera comunitaria, social. Para todos y para cada uno.

No es fácil. Para nadie, aunque sería injusto vernos, a los confinados, como las víctimas de todo esto. Lo son quienes salen a trabajar con miedo a contagiar a sus familias, quienes salen a la batalla -porque esto es una guerra-, a jugarse la vida con los enfermos, que demasiado a menudo la pierden -es peor que una guerra, hay demasiado fuego cruzado, y además, no sólo se juega la vida el que es llamado a filas, también quienes viven con ellos cerca cada día al volver a casa, es como si las balas de una batalla pudieran atraversarte sin dañarte a ti, pero hiriendo de muerte a tus seres queridos-, y por supuesto los enfermos, las verdaderas víctimas de todo esto, por suerte a veces con final feliz, por desgracia, demasiadas veces, no siempre.

Yo sólo puedo hablar de mi situación, privilegiada, de no salir de casa a jugarme la vida, de unos ojos que no alcanzan a observar el horror de una sanidad que no da abasto. Si nuestra situación -fácil, entre todas las demás- es difícil, no puedo imaginar cómo será la situación de quien sale ahí fuera.

El confinamiento ya ha vivido quince días, ya hemos pasado esa época en la que sentíamos los síntomas sin tenerlos. O quizá no, quizá vuelva. ¿A quién no le ha pasado? Sensación de fiebre. Malestar. Dolor de cabeza. ¿Eso que siento es que me cuesta respirar? ¿Me duele la garganta? ¿Estaré cayendo yo? Si no he salido de casa, no creo, ¿verdad? Esa época ya ha pasado. Pero la de los altibajos emocionales quizá no: estados depresivos que van y vienen y que son difícilmente controlables sin encontrar una huida: siempre los mismos quehaceres y en el mismo lugar. Qué valiosos son en esos momentos la música, la literatura, el cine, las artes. Qué valiosa es en esos momentos nuestra capacidad -que la tenemos todos, aunque algunos se resistan a utilizarla por miedo a la calidad de sus obras- de crear, ya sea música, historias, poesías, imágenes… pero también en esto entra la cocina, el orden de una estantería, colocar ese cuadro que tanto tiempo llevaba esperando a ser colocado en su sitio, y tantas cosas más. 

La creatividad salva mentes. Te activa sin moverte del sitio, y le da un sentido a tu tiempo. No importa la calidad de la obra. Nunca importa si no te piensas lucrar de ella, sólo querer que exista algo que antes no lo hacía, o no de esa manera exacta. Quizá por eso yo me permito escribir a veces, porque creo que es legítimo, y salva mentes, la mía.

Sólo queda seguir esperando, viviendo a este lado de la ventana, hacernos a la idea de que va para largo, de que esta situación no está mejorando aún -hay que aceptarlo- que las nuevas rutinas son ahora nuestras rutinas, vivir día a día, crear cada día desde el principio y con lo que tenemos, y seguir adelante. Agradeciendo a toda esa gente que se juega la vida ahí fuera, y que nos permite vivir fácilmente nuestro confinamiento, con el único problema de gestionarnos a nosotros mismos, en nuestra pequeña batalla interna de la que saldremos crecidos si salimos vencedores – como en toda batalla interna que se gana – consiguiendo que nuestro pequeño trauma se convierta en un gran crecimiento, y nada más. Porque si lo piensas nosotros somos los privilegiados de esta historia, más allá de vivir en la incertidumbre, por mucho que nuestra mente egocéntrica se quiera autocompadecer de nosotros. No estamos tan mal. Pidamos – a Dios, a los astros, a uno mismo, a YouTube, a Amazon no, por favor- ese lote de fuerzas que necesitamos, y ese algo sobre lo que crear – sobre lo que usar nuestro tiempo -, solo con eso nos basta. Fuerza y ya. Pidamos y a seguir.

Un loco: Antonio Machado

@elaverigua

La buena poesía es atemporal, resucitable, eterna.

Un loco, de Antonio Machado, habla de una persona que sale de la ciudad hastiado por los desencantos de la urbe: sus miserias, sus quehaceres, sus maldades… y a fin de cuentas, sus idioteces, a las que el loco llama “su terrible cordura”.

UN LOCO

Es una tarde mustia y desabrida

de un otoño sin frutos, en la tierra

estéril y raída

donde la sombra de un centauro yerra.

Por un camino en la árida llanura,

entre álamos marchitos,

a solas con su sombra y su locura,

va el loco hablando a gritos.

Lejos se ven sombríos estepares,

colinas con malezas y cambrones,

y ruinas de viejos encinares

coronando los agrios serrijones.

El loco vocifera

a solas con su sombra y su quimera.

Es horrible y grotesca su figura;

flaco, sucio, maltrecho y mal rapado,

ojos de calentura

iluminan su rostro demacrado.

Huye de la ciudad… Pobres maldades,

misérrimas virtudes y quehaceres

de chulos aburridos, y ruindades

de ociosos mercaderes.

Por los campos de Dios el loco avanza.

Tras la tierra esquelética y sequiza

—rojo de herrumbre y pardo de ceniza—

hay un sueño de lirio en lontananza.

Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!

—¡carne triste y espíritu villano!—.

No fue por una trágica amargura

esta alma errante desgajada y rota;

purga un pecado ajeno: la cordura,

la terrible cordura del idiota.

Antonio Machado

Nos ha tocado vivir un momento donde no podemos huir. Algo que tan estúpidamente fácil se nos ha puesto siempre, la huida, es ahora imposible: allá donde vayas, te verás a tí mismo compartiendo el papel de víctima y de verdugo, por no saber si recibes o si das, el virus que invade nuestro mundo. Ahora es hora de aceptar, afrontar y enfrentar. No hay cabida para la huida.

Es ahí donde entra en juego la valentía. Para el “loco” de Machado, la valentía consistía en salir de la ciudad, de allí donde había una vida -sí, llena de maldades, ruindades, y misérrimas virtudes, pero vida-, para huir a quién sabe dónde, a vivir quién sabe cómo, rodeado de quién sabe quién, posiblemente de nadie. Ahora la valentía es todo lo contrario: no moverte del sitio, esperar pacientemente, dejar de caminar hacia ninguna parte, sin saber muy bien hasta cuándo, y rodeado de mucha menos gente de la que estás acostumbrado. Todos dejando lejos a gente importante, algunos privilegiados con gente importante cerca.

Tenemos muchas cosas en común el loco y nosotros: ambos nos abocamos a una soledad desconocida: fuera de la urbe el loco estará solo, nosotros dentro de nuestras casa -o fuera de ellas, cuando no hay otra opción- la cercanía con los demás será incompleta: dejaremos de ver a gente, de tocarles, de sentirles cerca siquiera. Somos unos privilegiados de poder conectar, aunque sea de ese modo incompleto, con los recursos con que contamos hoy. La valentía del loco se resume en hacer lo contrario que le dicta la razón (quédate en la ciudad, sólo ahí podrás sobrevivir), en nuestro caso, cuerdos que somos, la valentía se resume en hacer lo que nos dicta la razón (quédate en casa, sólo así podrás sobrevivir). 

Es valiente el que se queda solo, porque se queda consigo mismo, y hoy en día estamos muy poco acostumbrados a quedarnos solos con nosotros mismos.

Hoy no nos toca ser locos, nos toca ser cuerdos. Hoy los cuerdos somos los valientes, los que resistimos los arranques del corazón y hacemos caso a nuestra cabeza, encerrados en casa por propia voluntad, por prevención, por responsabilidad. Algún día, cuando el virus desaloje nuestra urbe, o seamos capaces de gobernarlo nosotros a él, y no al contrario, tocará coger de nuevo el papel de locos, purgando como siempre el pecado ajeno: la cordura, la terrible cordura del idiota.

Hoy no, hoy escuchando el silencio de cuatro paredes, el sonido estridente de un movmiento en la calle, al abrigo de una ventana, oyes vociferar una luz dentro del pecho, hoy el pecado está del otro lado: la locura, la terrible locura del idiota.

Ese borde que sobresale

Imagen: @el_averigua

La vida es ese borde que sobresale de la baldosa, contra la que tu pie inocente choca mientras andas, y que te hace caer o perder el equilibrio mientras caminas sin ir a ninguna parte.

Recuerdo un día en el que una de mis alumnas me preguntó  si estaba a favor o en contra de la pena de muerte. La pregunta no venía a cuento. Yo acababa de entrar en una clase que no era la mía y que debía cuidar para cubrir a otro profesor que ese día no había venido. Mirase donde mirase había revuelo, voces, alumnos desperdigados por casi todos los sitios menos en sus mesas. Era un festín. Por supuesto, en ese estado no me dejó de sorprender la pregunta,  así que tratando de mirar a otro lado y de no ver lo que me venía por delante en la próxima hora, con una rapidez pausada como la que supongo estoy acostumbrado a responder a lo que me cuestionan, en un arrebato de certeza y de ineficacia al mismo tiempo, me sorprendí a mí mismo respondiendo: “la vida sólo le pertenece al que la vive”. Abrumado por la trascendencia de la frase, que yo mismo no pensé en aportar a ese momento, esperé asustado la respuesta de la alumna que me miraba con una expresión que gritaba ignominia. Acto seguido relajó los músculos de la cara y con una sonrisa en los labios me preguntó :”¿Pero estás a favor o en contra?«

La vida es así de insignificante, quizá sea lo más importante que tenemos, lo más real, lo más veraz, y en el fondo estamos aterrados de darle la dignidad que se merece, y de pararnos un momento a concederle el cariño que necesita. Quizá no estemos preparados aún para entenderla, o quizá nunca lleguemos a estarlo y tampoco importe demasiado. Quizá sólo necesitemos seguir tropezando, lo que significaría que seguimos en marcha, caminando, aunque no sepamos muy bien hacia dónde ni por qué. Aunque quizá nunca lleguemos a saberlo, ni importe demasiado.

Aprender a jugar para aprender a vivir

Siempre me ha resultado útil, a lo largo de mis días, plantearme la vida como si fuera un juego.

Le aporta una perspectiva de aventura muy interesante:
le resta importancia a las cosas insignificantes y a nuestros errores.

Eso, pensaba yo que era extrapolable a los demás, que también les podía ser útil.
Pero después de que esa idea revoloteara durante tiempo por mi cabeza, he terminado pensando que quizá, como casi siempre, no sea todo tan fácil.

Quizá la perspectiva de juego que le otorgo a la vida,
no me beneficie por ser una buena manera de entender la vida,
sino por mi manera particular de ver el juego.

De niño, como todos los demás niños, yo jugaba para divertirme.
Los niños a cierta edad sólo juegan, si se aburren es porque no están jugando.
Pero la mayoría de los niños, al hacerse mayores, les pasa dos cosas:

La primera es que ya no juegan pensando en divertirse, juegan pensando en ganar.
La adolescencia es ese periodo de la vida en el que es más importante sentirte ganador que haber ganado realmente, y por desgracia la mayoría de las veces la victoria y la diversión no siempre tienen que venir de la mano (me refiero a la verdadera diversión, el verdadero sentir de que estás disfrutando el momento, o el recuerdo de que lo has disfrutado. Es curioso como la diversión y la reflexión, casi la consciencia de las cosas, son a veces tan incompatibles).

La segunda cosa que ocurre, es que la idea de jugar está más relacionada con el niño que
quieres dejar de ser que con el adulto al que aspiras, así que en el peor de los casos (y no son pocos), la gente sencillamente se olvida, de una manera terrible, de jugar.

Me parecen dos errores clamorosos. No sirve de nada ganar si no te diviertes, sin embargo merece la pena perder si te has divertido. Al mismo tiempo no tiene sentido dejar de jugar, cuando es algo que te hace disfrutar plenamente de lo que estás haciendo, sentirte vivo.

Volviendo a mi idea de juego para la vida. Yo pensaba que interpretar la vida como un juego ya era beneficiarse y salir delante de una forma positiva. Sin embargo, como tantas veces, eso no es real si no se ha trabajado, desde el origen, desde la niñez, y más aún desde la adolescencia, la idea de juego lo suficientemente bien. Por eso es tan importante jugar de niños, y seguir jugando de mayores. Para aprender a jugar, y quien sabe si, en algún momento del camino, al echar la vista de atrás hacia delante y ver la vida como un juego, nos servirá también para aprender a vivir, disfrutando incluso cuando perdemos, o lo que es lo mismo, ganando siempre.

Vive Enteramente

Sucede que me canso de ser hombre
Sucede que me canso de mi piel y de mi cara
Sucede que se me ha alegrado el día
al ver al sol, secándose en la ventana, tus bragas.

He escuchado estas frases desde hace años, y nunca había reparado en su certeza para describir la gran dualidad:

A un lado lo profundo,la filosofía, las preguntas y las dudas,

la insatisfacción inherente al ser humano,

Al otro su incansable sed de salvación -¿y al mismo tiempo su condena?-:

lo superficial.

Lo profundo, llegar a lo esencial, a lo importante hasta el extremo, a lo definitivo. Llegar hasta a cansarse de ser uno mismo. 

Lo superficial, los simple, alegrarse por ver unas bragas en la ventana. 

Si te quedas encallado en lo profundo te ahogarás de sobriedad, vivirás una angustia innecesaria.

Si escapas siempre hacia lo superfluo, entras en un bucle de escapatoria que en el que huyes al mismo tiempo de lo profundo y de vivir en profundidad – huyes de tí mismo, al fin y al cabo.

Supongo que en cada momento de la historia, cada persona o sus circunstancias y la sociedad como bloque, te invitan a decantarte por un lado del verso. Creo que ahora, a mi y a la gente con la que convivo y con la que formo la sociedad en la que estamos, se nos induce, o nos inducimos, a decantarnos por el lado superfluo. Las bragas en el verso simbolizan todas aquellas cosas banales que nos alivian del estrés, de la angustia o de la ansiedad del momento, rebajando la profundidad de la escena y proporcionándonos una vía de escape en nuestro dia. Cada uno tiene sus “bragas”: algunas series, los memes de twitter, los cotilleos del trabajo, los chistes por whatsapp, a veces alguna música, siempre (me arriesgo) entrar en redes sociales… Y creo que viviendo en un entramado superfluo, que tanto nos invita a huir hacia la superficie y quedarnos allí en un bucle eterno que nunca retorne a las profundidades, mantener de vez en cuando una conversación conmigo mismo, como ésta, y lanzarla al mundo por las redes, como este blog, quizá sea una buena manera de devolver al verso un equilibrio del que carece.

Porque huir siempre, siempre es mala idea. Porque no siempre hay un peligro del que huir, y no siempre lo profundo es angustiante ni pesado. Porque a veces lo angustiante es mantenerte siempre en el lado superfluo de la vida, a la intemperie: sin hogar ni cobertura ni firmeza.

A veces lo profundo asusta. Ya lo dijo Neruda en su poema, el que da origen al verso de la canción con el que empieza este texto, en el cual unos versos rezan:

"No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas, 
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena. "

Claro que no, Neruda. Si vivieras en mi presente y yo en el tuyo, te diría, sin ánimo de ofenderte, que viéndolo así yo también me canso de ser hombre. Pero no por huir de la tormenta deja de llover. No huyas, Neruda. Escapa de tus males para afrontar tus problemas, tus dudas, tus asuntos profundos, con la fuerza renovada del descanso y con la profundidad necesaria para llegar a la raíz. 

Porque cuanto más profundo llegas al vivir, más profundas llegan tus raíces, y más alto puedes llegar al cielo sin que el peso te venza y caigas derrotado por el desequilibrio de tu impulso hacia la vida. No desistas, Neruda, vive. Hacia lo profundo y hacia el cielo, pero al mismo tiempo y sin huir de lo uno ni de lo otro. Vivir enteramente es estirarse hacia arriba y hacia abajo de manera simultanea. Vive enteramente, Neruda. Vive enteramente.