
Hay momentos en los que vida o te pasa por encima o te devora. Vivir es dejarse engullir por ese incontrolable crecer a tu alrededor, ese insaciable deambular de aquello que no alcanzas a asir, ese incuestionable valor de todo lo que te sostiene.
Y no está tan mal dejarse engullir por la vida. Peor sería que te engullese la muerte, o alguno de sus primos, la apatía, la aversión, el dolor, el odio, el miedo.
Puestos a ser alimento de algo, mejor de la vida, que te come y te rodea al mismo tiempo. Y te encuentras de repente encajonado, sí, inmóvil, sí, encarcelado, quizá, pero por la vida. Y tu estás también vivo, no eres materia inerte, y lo que te rodea tiene la posibilidad de ser también parte de ti si consigues asimilarlo, si aceptas que eso que tu no querías, que tratabas de evitar, sin más ha sucedido. Y ahora tienes la opción de recluirte en lo que eras antes de la devoración, o expandirte hacía lo que te devoró sin remedio. Nadie te preguntó entonces si querías ser devorado, pero ahora está en tu mano seguir siendo solo el bolo alimenticio de la vida y destruirte poco a poco en sus entrañas o construirte como nutriente de algo. La solución, a simple vista es fácil. Pero el estómago de la vida no es un lugar tranquilo y plácido donde tomar decisiones con la cabeza fría. Ojalá cuando nos encontremos en esta situación, no permitamos que la vida concluya el ciclo digestivo sin sacar nada bueno y vivo del proceso, sería el trágico final menos épico y deseable de la historia, y nadie merece acabar así.
