Locus de control

Hay un concepto en psicología que siempre me ha gustado porque explica muchas cosas. Me refiero al locus de control. Podría explicarse como la tendencia que tenemos para atribuir el control de la situación, de lo que sucede, a algo ajeno a nosotros o a nosotros mismos. Locus de control externo e interno, respectivamente.

A menudo el que tiene un locus de control externo cree que nada de lo que le ocurre (bueno o malo) es producto de su acción. Cree en la suerte, en el destino, a menudo otorga a las circunstancias el gran peso, la responsabilidad, de lo que sucede. Busca más culpables que soluciones, y los encuentra, claro. Hay quien nace con esta perspectiva de la vida y hay quien se deja llevar por ella, progresivamente en su vida o eventualmente en momentos determinados. Es fácil desenvolverse en el mundo cuando nada de lo que hagas importa y todo viene determinado por cosas ajenas a ti. Igual de fácil que triste, todo hay que decirlo.

Por contra, quien tiene un locus de control interno, cree en sus capacidades. Achaca lo que sucede a sus decisiones, sus acciones, su papel. Sabe que las circunstancias pueden ser determinantes, pero también que puede adaptarse a ellas y hacer algo con el material vital que tenga en las manos en ese momento. Es difícil desenvolverse en un mundo en el que todo lo que haces, dices, piensas, sientes, es determinante para que lo que suceda sea o no positivo, para ti o para el resto. Es angustioso. Es además irreal e ingenuo, ya que hay circunstancias y agentes externos tan arrolladores que anulan cualquier efecto provocado por tu voluntad, o que empequeñecen las causas de nuestros efectos hasta un punto absolutamente devastador.

Visto desde fuera el locus de control externo, puede ser hasta gracioso. Recordemos aquél mítico vídeo: «si ya saben cómo me pongo, ¿pa qué me invitan?«. Sin embargo es una postura más bien trágica. A menudo, muchos trastornos y problemas psicológicos vienen ligados a una posición externa del locus de control. Supongo que pensar que nada de lo que haces vale para nada deriva en muchas otras dificultades en la vida. Empezando por el hecho de no tomar cartas en el asunto porque crees que es inútil. En la mente humana los círculos viciosos son al mismo tiempo demasiado habituales y demasiado devastadores.

Supongo que ser realistas no debe impedir que tratemos de tomar cierto control. Buscar un locus de control interno siempre ayuda a ser resiliente, a afrontar los problemas, que ni se crean ni se destruyen sólo se transforman y se multiplican como conejos, a tener, aunque sea ficticiamente, algo de control sobre lo que nos sucede y lo que le sucede a la gente a nuestro alrededor.

Siempre he creído eso de que el punto medio es la virtud. Ojalá fuéramos lo suficientemente hábiles como para saber qué cosas no podemos controlar, para no dedicar esfuerzos en ellas, y qué otras están bajo nuestra influencia, para echar el resto justo ahí. Ojalá tener la certeza de que el esfuerzo va a alguna parte, y la esperanza de que tenemos la capacidad de manejar algo de lo que nos afecta.

Aunque, como estamos condenados al error, si hay que fallar, creo que prefiero ser ingenuamente idealista, vivir en una ficción en la que controlo mínimamente algo, que ser una marioneta sin voluntad, tétricamente realista. Prefiero que las circunstancias simplemente me arrollen o me mezan suavemente allá donde me dirija, pero que pueda seguir errando lo suficiente como para poder descubrir en cada paso el camino que quiero recorrer. Que la voluntad sea algo que existe, y que las incertidumbres desvelen de vez en cuando nuevas posibilidades para mi insulso quehacer diario. Que la pueril interacción que mantengo contra el mundo, sea lo suficientemente misericordiosa con mi horizonte como para que pueda seguir viviendo creyendo que controlo algo de lo que sucede a mi alrededor. Aunque sea todo una ficticia interpretación del mundo, y yo un muñeco que se mueve al son de unos hilos invisibles, a los que prefiero no mirar por si fueran reales.

Supongo que tener un locus de control interno es eso. Creer desesperadamente en ti. Saber lo que significa. Saber que estás loco, y que merece la pena estarlo. Un poco de locura es imprescindible para una mente mínimamente sana.

Al final, la cordura es inasible e inútil. Dejémosla.
No merece la pena.
La terrible cordura del idiota.

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